Bruno Valverde Cota
Doctorado en Gestión y Ejecutivo Internacional
Portugal no enfrenta una crisis estructural inmediata. Crece por encima de la media de la Zona Euro. El desempleo está controlado. Las exportaciones resisten. Pero estabilidad no es estrategia. Y crecimiento no es convergencia.
La productividad portuguesa sigue alrededor de un 25% por debajo de la media de la Unión Europea. Este es el verdadero indicador de riesgo: la productividad determina salarios, innovación y capacidad de competir globalmente. Sin ella, el crecimiento es circunstancial.
En 2022, Portugal invirtió alrededor del 1,7% del PIB en investigación y desarrollo. La media europea supera el 2,2%. Países como Suecia, Austria o Alemania invierten por encima del 3%, y Corea del Sur supera el 4%. Estas cifras no son estadística académica: son señales claras de prioridad estratégica.
El problema no es falta de talento. Es falta de escala y enfoque.
Si queremos evitar una irrelevancia gradual, necesitamos decisiones concretas.
Primero: elevar la inversión en I+D al 3% del PIB hasta 2030, con al menos dos tercios procedentes del sector privado. Esto exige incentivos fiscales estables durante una década, fondos de coinversión público-privados y una simplificación radical de los mecanismos de solicitud.
Segundo: crear tres polos industriales estratégicos con escala internacional — por ejemplo, energía e hidrógeno verde en el sur, tecnología industrial y automatización en el norte, economía azul y biotecnología en la costa atlántica. La concentración genera masa crítica; la dispersión perpetúa la mediocridad.
Tercero: reformular los criterios de financiación universitaria introduciendo métricas de impacto económico — patentes registradas, startups creadas, contratos industriales. El conocimiento que no genera valor económico pierde tracción competitiva.
Cuarto: incentivar el crecimiento empresarial. Portugal tiene un exceso de microempresas y escasez de empresas medianas globales. Crear beneficios fiscales progresivos para empresas que dupliquen exportaciones en cinco años o superen determinado umbral de productividad sería una señal clara de política pro-escala.
Quinto: reformar la cultura del riesgo. Simplificar los procesos de insolvencia y reestructuración para reducir el estigma del fracaso. Las economías innovadoras aprenden rápido porque fracasan rápido.
Mientras tanto, Estados Unidos refuerza su política industrial con cientos de miles de millones de dólares. China consolida casi el 30% de la producción industrial global. Oriente Medio invierte agresivamente en diversificación tecnológica. El mundo está eligiendo posicionamiento.
La cuestión es simple: ¿queremos competir o solo sobrevivir?
La complacencia surge cuando celebramos fondos europeos sin medir retorno estructural. Cuando confundimos ejecución administrativa con estrategia económica. Cuando creemos que la estabilidad actual garantiza el futuro.
No lo garantiza.
Los países pequeños no pueden ser reactivos: o eligen foco y escala, o se vuelven periféricos en las cadenas de valor globales.
El mayor riesgo no es afrontar la transformación, sino llegar a la próxima década con la misma ambición que la anterior.
La relevancia no es un derecho adquirido.
Es una decisión estratégica repetida en el tiempo.
Publicado el: 02 Mar 2026
https://www.dn.pt/opiniao-dn/o-maior-risco-no-a-crise-a-complacncia




